Dime con quien andas y te diré quien eres
Siempre me contaron sobre la 16eme arrondissement y de las clases sociales francesas, en particular la bourgeoise y aristocrate. Una día me surgió la curiosidad de presenciar este fenómeno social. Pero caminando por las calles de la 16eme no ví nada que me llamara la atención. Ayer noche me invitaron a una fiesta en dicha vecindad, de la que tuve salir temprano. Realmente, ya no podía respirar ese aire tan sofocantemente snob ni un segundo más.
Entramos en un lujoso y extenso apartamento. Techos altos, moquetas embordadas, y muebles antiguos adornaban el espacio. Vasos de champán lucían en las manos de los invitados y se pasaban bocaditos de salmón y oliva en bandejas de plata.
Al ser introducida a varios amigos inmediatamente note la frialdad, la manera de mirarme de arriba a abajo como un científico inspecciona a un insecto bajo la lupa. Y yo los miraba con la misma curiosidad por su rigidez, tan tiesos que a veces me preguntaba si tenían tortícolis.
Me lleve un deja vu de mis años de infancia, al ver los jerseys de Lacoste y Polo, años que no quería revisitar. Todos saltaban de una conversación a otra, mézclandose con los otros invitados, hablando sobre trabajo, inmobiliaria, viajes y matrimonios. Todos tenían aire de cautaleza, hablando con la gente que le convenía para salir adelante, o que protegiera su heredencia y reputación social. Salí al balcón. Una vista preciosa de la Torre Fiel.
Volví a entrar y me senté al lado de las fotos de familia y la colección de tortugas. Vi un chico fumándose un puro, soltando humo, con una mueca tonta en la cara. Venían a verme, a ver que tal estaba la chica americana, con gran hospitabilidad y amabilidad. Pero aunque bebiera más vasos de champán, eso no ayudaría a dar calor a la fiesta. La falta de espontaniedad y naturalidad faltaban a leguas, y yo sabía que no encajaba. Me despedí amablemente. Cerré la puerta calladamente detras mío y dí un gran suspiro de alivio.

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