Barcelona
Como cambia el paisaje cuando te acercas a las tierras españolas, es algo que no acaba de fascinarme. Desde el avión, mares azulados y plateados por el sol, montañas negras, tierras secas, desiertos y bosques verdosos... Una obra de contrastes, ese es el paisaje español. Inmediatamente sentí una enorme y indescriptible alegría que inundaba mi ser.
Cuando llegue a la ciudad salí en Plaza Cataluña. Por primera vez vi la ciudad donde me había formado como persona, donde habían pasado algunos de los mejores momentos de mi vida, o los más inolvidables de mi infancia. Pero no me sentía en contacto con la gente ni en compás con la dura ciudad. La verdad, que no era Barcelona que había cambiado, era yo como de costumbre. Me sentía apartada y distante, pero esta apatía fue desvaneciendo.
Lo primero que hice fue caminar en la Rambla, escuchando un tema de "La Caja de Pandora", sintiendóme encima del mundo. Como siempre el sol tostaba las polvorientas calles. Los pajaritos, las estatuas vivientes, los artistas dibujando retratos, las marujas vendiendo flores, los indios vendiendo camisetas del toro o Barca y los muñequitos de flamenco. Todo igualito tal y cual como lo dejé. Que ilusión, era como estar en casa. A comparación de Paris, Barcelona tenía un ambiente muy gótico combinado con grunge. Volver allí me hizó darme cuenta de muchas facetas de mi personalidad. Después de beber medio litro de sangría equivocadamente di vueltas por el Barrio Gótico. Con sus calles estrechas y oscuras, me sentía que caminaba por un laberinto. Para mí este siempre ha sido el corazón de Barcelona. Al final de la noche, caí rendida en una pensión catalana de 1860. Combinaba un espíritu distinguido con un ambiente familiar y cálido. Las habitaciones disponían de mobiliario rústico adaptado al estilo del hotel, techos altos y un ascensor re-antiguo.
Fue interesante para mí emprender mi primer viaje sola. Era un reto personal al que siempre quise someterme; viajar libremente como mujer tiene sus riesgos. Pero conseguí hacer todo lo que hubiera hecho aunque viniese acompañada. Para no quedarme enfocada en la solitud, me pasaba los días ocupada. La única parte que me incomodaba era cenar en restaurantes sola, y las miradas de perplejidad que la gente me lanzaba. Seguro se pensaban que mi novio me había dejado plantada - como dice mi madre "con los crespos hechos"!
Las horas del silencio las pasé observando, los momentos desocupados los pasé escribiendo. Reflejé en mis pensamientos tranquilamente, escuché las conversaciones de la gente y me reí mucho - los españoles siempre tienen tanta chispa al hablar, la razón principal por la cual estoy tan enamorada de este país - que manera de expresarse con tanta franqueza, pasión y soltura! Te lo dicen todo tal y cual y eso lo admiro.
Me llevé una buena dosis de sol y gozé de reales tapas españolas- gazpacho, calamares, canelones y boquerones al vinagre... entre muchos más. Ví mi adorada Sagrada Familia, con la que hace tiempo no he soñado, aunque sigo queriendo casarme un día de estos y en mi sueño llegaremos esta vez. Disfrute el manjar de churros con chocolate mientras una banda de gitanos asaltó el cafecito. Me surgió una lagrimita de emoción cuando un grupo de ancianos comenzó a bailar "las sardanas" en frente de la Catedral. Admiré los vivos colores de los mercados de La Rambla, saturados de frutas, verduras y mujeres chillonas. Reposé al lado de unos hippies en el Parque Guell, rodeada de bella arquitectura modernista del amado Gaudi. Desde la cima de una montaña, quemada por el sol, se veía la bella ciudad con su encanto español. Me harté de buscar el libro de Baily en una tienda que no se llamase "llibreria" - la verdad me entristeció ver que Barcelona se vuelve cada día mas catalán. Cultura, colores, sol, chispa, sabor y pasión - puede que suene estereotípico- pero me fui de allí sintiéndome revivida. Pero con el anhelo de querer volver - lo antes posible...

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